Paradojas del malestar en Chile

Prof. Roberto Aceituno, publicado por FACSO, Jueves 6 de septiembre de 2012

Los recientes estudios sociológicos acerca del malestar en Chile (la encuesta del CEP o el Informe de desarrollo humano del PNUD), ofrecen el curioso panorama de un estado de satisfacción individual relativamente alto al mismo tiempo de un descrédito tanto o más relevante frente a las instituciones, particularmente políticas (Estado, partidos, congreso, Justicia) que, en principio, estarían implicadas en las condiciones de vida necesarias a tal estado de bienestar. A este respecto, surge la pregunta de cómo hacer consistente esta satisfacción con la propia vida con el hecho de que la percepción acerca de las oportunidades reales que ofrecería el “modelo de desarrollooscile de la desconfianza a la indignación, como lo prueba por lo demás un año completo de revueltas por la educación pública, el cuestionamiento al lucro, la mercantilización de los recursos naturales, las prácticas abusivas de empresas emblemáticas como La Polar o, más recientemente, la invasión insalubre del hedor de las plantas faenadoras en la vida urbana.

Situándonos en otro dominio relacionado con este problema, ¿cómo no sorprendernos de que los chilenos nos subamos al podio en el ranking de los países más felices del mundo cuando al mismo tiempo ostentemos una de las cifras más altas suicidios del planeta, que la mayor parte de la población ha sufrido más de algún trastorno de salud mental en su vida (particularmente depresivos), que del total de licencias médicas -ya muy altas en su frecuencia- la mayor parte sea asignada por causa psiquiátrica o que el “consumo” psicofarmacológico (antidepresivos, ansiolíticos) haya aumentado en los últimos años exponencialmente? Si no respuestas, al menos otras preguntas pueden plantearse al respecto, introduciendo niveles de análisis que vayan más allá de la relación entre expectativas subjetivas y condiciones socioeconómicas de desarrollo.

¿Paradojas de la modernización?

¿Cómo resolver las paradojas, al menos aparentes, que estas condiciones ponen en evidencia en Chile hoy?

Se trataría entonces de las “paradojas de la modernización“, tal como un Informe análogo del PNUD constataba a fines de los noventa y cuyo mérito innovador consistió en integrar otras dimensiones del problema, tales como el miedo y la desconfianza al otro. Aspectos de la subjetividad chilena que no venían sino a prolongar un estado de cosas organizado paciente y ferozmente durante casi veinte años de dictadura militar al amparo de los índices de desarrollo que señalaban las ventajas del “modelo”. De ahí surgiría la idea “liberal” -sin embargo harto conservadora- de que el malestar sería expresión, más que del deterioro de las condiciones de vida objetivas, del desfase inevitable entre las expectativas de desarrollo creadas por una modernización acelerada, las voluntades individuales de emprendimiento y la posibilidad real de cumplirlas en un tiempo limitado.

Pero si para algo nos sirven las paradojas es para pensar las cosas de otro modo, es decir a introducir criterios de análisis que admitan una complejidad que los estudios de opinión, los análisis cualitativos o las interpretaciones sociológicas clásicas sólo abordan en parte. De este modo, las paradojas se resuelven -y, desde ahí, dejan de ser tales- cuando reconocemos que lo declarado en un nivel enunciativo -por ejemplo, respecto a la “satisfacción con la propia vida”- se encuentra en un campo de sentido diferente al de otro enunciado con el que, aparentemente, entraría en contradicción -por ejemplo, respecto al sentimiento de indignidad experimentado frente a la frecuente vulneración de derechos. Uno cosa no contradice, ni tiene nada de paradójica, respecto a la otra, que por lo demás -esta última- hay que tomar muy en serio. Dicho de otro modo, la definición del malestar (o del bienestar) toma sentidos diferentes según se trate de lo declarado respecto al propio papel que juegan los deseos en la propia vida -que puede incluir, sin ir más lejos, el deseo de cuestionar radicalmente el “modelo”- o bien según se trate de declaraciones aplicadas a condiciones sociales y culturales que son puestas radicalmente en tela de juicio, tales como el abuso de poder, la mentira o la indignidad.

Malestar en la cultura

La pregunta recae entonces sobre qué dimensiones del problema del malestar-bienestar poner el acento en la interpretación de los datos en cuestión. Se trata de una opción que interroga las condiciones necesarias para que una cultura – y no sólo el juego de expectativas y de ofertas de integración social- ofrezca las posibilidades para que la vida sea percibida como digna de ser vivida. Condiciones culturales que atañen no sólo a un modo de hacer las cosas -hacerlas bien (calidad), respetar los derechos (equidad), decir la verdad (credibilidad)-, sino a la legitimidad atribuida (o no) subjetivamente al otroen sus posibilidades delegadas de poder y de reconocimiento.

En esta perspectiva, las interrogantes actuales acerca de la subjetividad y la cultura han de retomar, entre otros esfuerzos por pensarlas al interior de las ciencias sociales, aquello que Freud denominaba el malestar en la civilización. Por ello Freud entendía el precio subjetivo y la vez colectivo que reclama el ordenamiento social para que la violencia del hombre contra el hombre encuentre su transformación civilizada en lo que clásicamente se ha denominado el pacto social. La naturaleza de dicho pacto requiere una mínima y necesaria renuncia a la violencia emergente de las pulsiones destructivas para ser transformadas en el juego necesario de la cultura y de la política. Y requiere, de manera más compleja aún, de una mínima confianza en el otro – sea éste entendido como el semejante, el próximo y lejano a la vez, tanto como el Otro social representado por las instituciones o la sociedad y la cultura mismas. Cuando esta confianza es traicionada de hecho en los vínculos de poder inevitables a todo ordenamiento social, este mismo poder ya no deviene política sino que se encierra en un amor por así decirlo narcisista (que está enamorado de si mismo) que comanda el abuso como práctica cotidiana y que traduce uno de los aspectos más difíciles de pensar del malestar en la cultura: la perversión implicada en el rebajamiento del sujeto a condición de objeto -por no decir cosa-, ahí donde la apetencia, más que el deseo, se vuelve ley.

Esta última condición, que pareciera regir cada vez más en nuestras sociedades contemporáneas, exige resituar los modos por los cuales es tramitada la violencia política actual, desde las formas denegatorias del malestar a través de la burocracia o el imperio de los números y de la economía, hasta el paso al acto de quienes no encuentran otra vía que la revuelta para instalar una verdad que permanece silenciada o negada radicalmente. Cuestiones no sólo difíciles de “medir” en las escalas de felicidad -o incluso de malestar, porque el malestar podría indicar más de alguna resistencia-, sino que difíciles de decir o de nombrar: silencio o silenciamiento que es parte del problema mismo.

¿Bajo qué criterios -políticos, subjetivos, culturales- es posible pensar este estado de cosas que viene a alterar radicalmente aquello que denominamos -o más bien denominábamos- el pacto social moderno? ¿Mediante qué vías este pensamiento puede traducirse , en el mejor de los casos, en el reconocimiento de nuevas formas de resistencia a un poder que parece abarcarlo todo a través de la seducción autoritaria o la fascinación del consumo?; ¿cómo, al menos, hacer visibles las formas de la alienación que requieren otras estrategias para pensar el poder en las sociedades actuales?

Por ahora se trata no tanto de interpretar el malestar con nuestros repertorios “modernos”, basados en la lógica simple de poner en relación las expectativas y ofertas de desarrollo humano, sino de elaborar otras estrategias (de investigación o de intervención subjetiva, social y cultural) que muestren en la cotidianeidad de nuestra experiencia aquello que permanece oculto en la superficie misma de nuestra vida colectiva. Cuando los criterios teóricos y metodológicos con los cuales intentamos analizar e interpretar el malestar actual parecen no cubrir la realidad tal como se presenta y se niega a la vez, es necesario introducir otras dimensiones del problema a través de opciones que reclaman más un esfuerzo ético que puramente epistemológico o metodológico. Parafraseando una célebre expresión de Wittgenstein, uno de los mayores filósofos del lenguaje, “lo que no puede ser dicho debe ser mostrado”. Las condiciones extremas del malestar en la cultura exigen entonces que, en el “reparto de lo sensible”, por utilizar la feliz expresión de Jacques Ranciere, el malestar cotidiano admita otro orden de visibilidad, ahí mismo donde las oposiciones entre lo aparentemente interior de la experiencia subjetiva y lo aparentemente exterior de la vida social se reorganicen en una complejidad investigativa diferente.

Malestar y pensamiento

¿Qué dimensiones de la vida subjetiva y cultural se encuentran debilitadas en su posibilidad de hacer de la propia vida un asunto no desligado de las condiciones reales que ofrece el marco social donde se desarrolla inevitablemente?

En un artículo sobre las “responsabilidades personales en condiciones de dictadura“, Hanna Arendt se preguntaba sobre qué condiciones harían que sujetos aparentemente cultos y educados se plegaran obedientemente, por acción o por omisión, a las prácticas totalitarias de la dictadura nazi y que, en cambio, otros sujetos, sin embargo menos educados o cultos aparentemente, arriesgaran incluso su vida frente a la opción de tener que actuar o callar. La respuesta que daba Arendt era que estos últimos preferían resistir a tener que convivir con un asesino : ellos mismos. Esta opción ética no tendría que ver con un estado de valores suficientemente alto y civilizado, sino con la capacidad del sujeto, decía Arendt, de mantener un pacto del sujeto consigo mismo. Y a eso, agregaba, se denomina pensamiento.

La crisis, si es posible llamarla así, del pensamiento en la subjetividad contemporánea no reside entonces en un déficit cognitivo o intelectual, ni en rebajamiento de valores o de reglas morales universales, sino en la capacidad de los sujetos de “relacionarse consigo mismos”, sin desconocer que tal relación incumbe a la vez a la relación con otros y que el pensamiento -y no la conciencia- va ligado a la capacidad de actuar. Lo que llamamos aquí pensamiento, que no es sin cuerpo ni actos, define la condición de ser sujetos; no a pesar, sino por el malestar mismo. Y es de esta condición la que el poder no sólo quiere saber poco o nada – transformando al sujeto en un individuo al que se le exige cumplir sus deseos bajo la promesa de un acceso ilusorio de objetos de satisfacción- sino que, a través de la denegación de la subjetividad que la acompaña, se encarga de limitar reduciendo la verdad a un juego ciego de intereses y de cálculos (por ejemplo, políticos o financieros, que a menudo son la misma cosa).

Por una política de la subjetividad en la cultura

Habría entonces que destacar con mayor detención las dimensiones tanto subjetivas como culturales implicadas en las oposiciones, a mi juicio unidimensionales, entre malestar y bienestar o, de otro modo, entre expectativas de desarrollo humano y su eventual satisfacción. La relación entre expectativas y condiciones materiales o simbólicas ofrecidas por un ordenamiento social dado no cubre otras dimensiones del problema, que adquieren a nivel de los sujetos y de la cultura otro sentido y que la interpretación de datos estadísticos sólo cubre parcialmente. La satisfacción de expectativas no es el único criterio de bienestar o, al menos, habría que precisar de qué expectativas se trata. Asimismo, es preciso considerar no sólo distintas variaciones del malestar (desde sus formas más difusas a las más extremas), sino también establecer una distinción entre el malestar entendido como una condición, evidentemente paradójica, de la relación de sujeción de los individuos a un ordenamiento social dado – paradoja que reside en que dicha sujeción se afirma “negativamente”, es decir como malestar y rechazo a una adaptada integración – y, por otra parte, las expresiones de malestar e incluso de sufrimiento que ponen en cuestión esta condición conflictiva de la subjetividad moderna, en la medida que en la hora actual el conflicto tiende a vaciarse de los contenidos subjetivos y culturales de los procesos de integración/exclusión “clásicos”.

En segundo lugar, es preciso introducir una necesaria historicidad para comprender al menos en parte las modalidades actuales de la subjetividad y del malestar, en el marco de transformaciones difícilmente interpretables desde “lógicas” (formas de pensar) y metodologías de investigación concordantes con condiciones sociales, económicas, políticas que, al menos, son puestas en tela de juicio contemporáneamente – si no ya inexistentes. Esto implicaría, por una parte, reconocer que lo paradójico de los diagnósticos actuales de la subjetividad y del malestar reside en la aplicación de lógicas extemporáneas que evalúan (crítica u optimistamente, son dos caras de una misma moneda) “lo actual” en función de condiciones que se encuentran transformadas más o menos radicalmente. Las paradojas, en este sentido, son signos de la necesidad de pensar el presente.

Aplicando estos criterios -subjetivos, culturales, históricos- a la reflexión actual sobre el malestar en Chile, surgen algunas hipótesis que estudios interdisciplinarios podrían -o deberían- considerar.

Las “expectativas” (insatisfechas) que el malestar contemporáneo pone en evidencia no conciernen únicamente (o no del todo) al acceso (o no) a oportunidades de desarrollo garantizadas mínimamente por el Estado o por las iniciativas de “emprendimiento”. Evidentemente, este es un aspecto importante del problema, tal como lo indican, por ejemplo, las percepciones de inequidad prevalecientes en la sociedad chilena actual; sin embargo, un análisis más complejo debería considerar una dinámica en la cual la noción de demanda resultaría pertinente. En efecto, mediante esta noción se introduce en la reflexión sobre la subjetividad la necesaria mediación del “otro” -en sus distintos sentidos, tanto intersubjetivos como políticos y, sobre todo, culturales- para la inscripción tanto “pública” como “privada” (oposición nuevamente relativa) de un mínimo y fundamental reconocimiento: tanto de los contenidos de las demandas formuladas explícita o implícitamente, como, más fundamentalmente, el reconocimiento del sujeto ahí implicado. Dicho reconocimiento, cuyo reverso (desconocimiento) se expresa de un lado y otro (la crisis de la representación política es uno de sus síntomas más elocuentes), apunta a una mínima confianza en la palabra y los actos – o los actos de palabra, como la promesa que suele incumplirse- del otro. De ahí tal vez que el miedo, que nos servía para describir una subjetividad amenazada durante los noventa, se decline hoy en día bajo los expedientes de la desconfianza y la indignación.

Es a partir del reconocimiento social – es decir la inscripción pública – de tales demandas en su legitimidad subjetiva y cultural, que el interés que nutre toda relación a la política no se desligue del deseo como una condición ética y no sólo como juego negociador basado únicamente en el cálculo y, a menudo, el abuso de poder. La articulación entre demandas y deseos provee un modo de pensar la subjetividad en la cultura que no se agota ni en el juego puro del poder ni en la ecuación improbable de expectativas y satisfacciones.

Desde lo anterior, es preciso destacar que los valores subjetivos y culturales de la política no son simples atributos secundarios de la vida social y, por lo tanto, del malestar que ahí se expresa. Así, sería posible agregar al diagnóstico de una relativa despolitización de la vida subjetiva imperante en la cultura contemporánea (expresión de un malestar sin nombre, es decir sin conflicto), en gran medida instaurada mediante la ilusión de que los factores de desarrollo dependen del individuo confrontado a tener que dar cuenta en si mismo de un poder que descansa en otros, una desubjetivación de la política, en el sentido de prácticas donde la lógica casi exclusiva de la negociación deja poco espacio a la pregunta por la verdad y el sentido. Una política sin sujeto, sin deseo, sin conflicto, incluso sin malestar, es una condición donde la cultura -con todo lo que ésta implica de una relación a la historia- cede paso a una tendencia totalitaria cuyas expresiones históricas más o menos lejanas están presentes en discursos sociales actuales.

A partir de lo señalado muy esquemáticamente hasta aquí, surgen campos de investigación y de intervención que abordan la relación entre subjetividad, malestar y política desde ángulos que requieren delimitar otros objetos: desde las formas difusas o dramáticas de la “salud mental” hasta las modalidades actuales del abuso y de la impostura. En síntesis, la reflexión contemporánea sobre el malestar y la subjetividad abre espacios de investigación donde las “paradojas de la modernización” han de ser pensadas en función de las paradojas del sujeto y las paradojas de la cultura. Como he mencionado más arriba, las paradojas nos ayudan a pensar el presente y, más radicalmente, a pensar – y actuar- de otro modo.—

Prof. Roberto Aceituno. Dr. en Psicopatología y Psicoanálisis (U. de Paris 7), académico Depto. de Psicología y Fac de Medicina U. Chile. Investigador responsable adjunto Laboratorio de Prácticas Sociales y Subjetividad. Ha sido miembro del comité de psicología de CONICYT y consultor para la evaluación de proyectos MECESUP.
Ha participado de variadas investigaciones y publicado diversos artículos sobre psicoanálisis y psiquiatría. Foto: http://www.facso.uchile.cl/

Fuente: http://www.facso.uchile.cl/noticias/84848/paradojas-del-malestar-en-chile-por-prof-roberto-aceituno

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